Arnold Palmer Cumple 80 años
10
de Septiembre de 2008
Una de las leyendas vivientes del golf, Arnold Palmer cumple 80 años, con la misma vitalidad que lo ha caracterizado
MIAMI, florida (FCG).- Los records normalmente hablan por sí solos, pero los que el gran Arnold Palmer dejó para la posteridad no son suficientes para dar cuenta de su impresionante paso por el mundo del golf. Este jueves 10 de septiembre, cuando cumple 80 años, el mundo recuerda su inmensidad sin olvidar lo importante que sigue siendo. Palmer no inventó el golf, pero sí que le dio un toque de elegancia, de gracia.

Según Raymond Floyd, “Arnold fue la síntesis de lo que debe ser una superestrella”, incluso antes de que el mundo lo conociera. “Él fijó el estándar de cómo deben comportarse los ídolos de cada deporte en cada detalle, hasta en su forma de firmar autógrafos. Siempre tenía tiempo para todos”. En su paciencia, en su decencia. “
En el campo de golf”, comenta Floyd, “siempre veía una gran cantidad de gente. Veía, pero no observaba. Él sí hacía eso, y se enfocaba en cada uno de sus seguidores de forma individual. No fingía nada”. Palmer tenía la habilidad de hacer contacto visual con el mundo entero. En cierto momento, fue un increíble pegador. “Por Dios”, dice Floyd, “uno de los mejores pegadores de la historia del golf. Largo y derecho”. En cierto momento, ‘poteaba’ con mucha fuerza y emoción. “No creo”, cuenta Floyd, “que alguna vez lo hubiera visto dejar un ‘putt’ corto”.
Si no fuera por un solo golpe en regulación, en dos ocasiones, Palmer sería el dueño de un récord que ansían todos los jugadores: el Grand Slam. En 1960 estuvo a punto de conseguirlo tras imponerse en el Masters y el U.S. Open, pero cayó en el British Open por un golpe ante el australiano Kel Nagle, quien hizo nueve ‘putts’ menos en el torneo (Palmer se desquitó allí mismo y ganó los dos British Open siguientes, el segundo de ellos con seis golpes de ventaja sobre Nagle). En 1962, perdió el U.S. Open en desempate ante Nicklaus en Oakmont, un sabor amargo luego de ganar el Masters y antes de quedarse con el British.
Entre 1960 y 1963, Palmer ganó 29 torneos y terminó segundo en 10 ocasiones. Durante ese lapso, quedó 66 veces entre los 10 mejores del PGA Tour. Es que, Tiger Woods, no es el primer jugador en dominar a los demás. Antes estuvo Jack Nicklaus, y antes Arnold Palmer. Y en cierto momento, los dos. “Fue en el Phoenix Open”, recuerda Nicklaus. “Por primera vez jugamos juntos como profesionales en el mismo grupo. Yo necesitaba hacer ‘birdie’ al hoyo final para quedar como segundo en la tabla de posiciones. Nunca olvidaré lo que pasó en el ‘tee’ del hoyo 18. ‘Relájate –susurró Palmer- puedes hacer ‘birdie’ en este hoyo. Vamos, es importante que lo hagas’. Por supuesto que hice ‘birdie’”, asegura Nicklaus. “Terminé segundo y me gané 2.300 dólares. Pero, dicho sea de paso, esa semana me derrotó por 12 golpes”.
Después de derrotar a Nicklaus y a Dave Marr por seis golpes en el Masters de 1964, esforzándose para ponerse la chaqueta verde por cuarta ocasión en sus fornidos hombros, Palmer dejó de ganar ‘majors’, con 34 años de edad. Sin embargo, por ser segundo detrás de Jack en Augusta el año siguiente y mantenerse dentro de los mejores del U.S. Open en los siguientes 10 años, nadie se dio cuenta. De hecho, si no hubiera sido por un solo golpe en regulación, en tres ocasiones, Palmer hubiera sido el campeón del U.S. Open de 1962 a 1966, para un total de cuatro título en siete años. Y aunque pareciera que Palmer siempre perdía en desempate (contra Nicklaus en Oakmont, Julius Boros en The Country Club, Billy Casper en el Olympic), hay que recordar que Arnie ganó 14 ‘playoffs’ en el Tour, igualando a Jack y superando a cualquier otro jugador en la historia.
Palmer, para muchos, era un inventor, un aventurero. “Así como ganó algunos torneos tomando riesgos innecesarios, perdió torneos de la misma forma. Pero ese era Arnold”, asegura Player. Con un ‘swing’ espectacular y un ‘look’ impecable, Palmer podía hacer un triple ‘bogey’ orgulloso. “Eso era parte del ‘show’”, dice Gary. “Él hacía todo exactamente de la misma maldita manera. Era su naturaleza arriesgarse en un ‘putt’ porque así lo hacía él y punto. Llegó al mundo lleno de energía, de carisma. Simplemente era su naturaleza”.
Finsterwald, perdedor del último PGA Championship que se jugó en ‘match play’ (1957), llegó al mundo exactamente cuatro días antes de Palmer. Dow y Arnie mateliarizaron su gran amistad en 1948, cuando el equipo de golf de la Universidad de Ohio hizo una gira por el sur y se detuvo en Wake Forest.
“No sé, supongo que nos gustaban mucho las mismas cosas”, comenta Finsterwald, “como las películas de vaqueros. Nuestras esposas también eran muy compatibles, una verdadera suerte en esos días en que estábamos comenzando. Pero lo que realmente teníamos Arnie y yo en común, lo que ambos disfrutábamos más, era jugar golf. Eso puede sonar raro, pero se sorprenderían de la cantidad de buenos jugadores y profesionales no podían disfrutar ni la mitad de lo que nosotros disfrutábamos. Para nosotros, era una vocación. Lo veo como el aficionado-profesional más grande que hamás haya existido. Quiero decir que nunca dejó de jugar por amor, como un aficionado. Seguramente hizo de eso algo lindo para vivir, pero amaba jugar. Aún lo hace”.
“Arnold y yo siempre queríamos derrotarnos mutuamente en el campo, pero lo considero uno de mis más cercanos amigos dentro del golf. No hay duda sobre sus récords y su habilidad, pero más allá de eso está todo lo que él le regaló al golf. Su clase, su estilo. Los fanáticos. Él era el hombre indicado en el momento indicado”, Jack Nicklaus. Fue en un tributo a Finsterwald en Athens, Ohio, donde el adolescente Nicklaus apretó las manos de Palmer por primera vez en un ‘tee’. “Arnold hizo 62 jugando con Jack ese día”, comenta Finsterwald, “y él intentó hacer eso para impresionar al chico”. Dow todavía puede ver la mirada de ambos en sus ojos, la mirada de águilas.
De Latrobe para el mundo
Palmer se inició un poco tarde en el Tour, a la edad de 25 años, ganando el Canadian Open de inmediato. Sin embargo, los tres años en la Guardia Costera, la olbigación de ser un hombre trabajador, el cigarrillo en sus labios, la dureza de un padre compasivo al que él llamaba “Pap” o “Sir”, y el pequeño pueblo de Latrobe, son otros ingredientes de su personalidad. Especialmente este último: a donde quiera que Palmer fuera en estos 80 años –y Palmer sí que viajó alrededor del mundo-, siempre regresaba a Latrobe. En este momento está allí, en ese camino verde de un bosque en Pennsylvania, al este de Pittsburgh y al oeste de las Montañas Allegheny.
Se encuentra sentado en el escritorio de su oficina, mirando hacia la ventana mientras rememora su niñez. “Aquí donde estamos ahora”, comenta, “hay una historia por sí sola. Cuando aprendí a disparar una escopeta, mi padre y yo caminamos por esa colina y cazamos faisanes, conejos y ardillas, los recogíamos y los limpiábamos en el arroyo que hay a unas 200 yardas de distancia. Mi madre los ponía en agua salada oda la noche y al otro día esa era la cena”.
“Allá en el filo de la montaña, un viejo árbol de roble se cayó, igual a ése que se encuentra allí. ¿Ves la ardilla escalando? Ese tronco estaba roto, nunca olvidaré eso. Un montón de abejas se apropiaron de eso. ¿Has visto antes un nido de abejas? Bueno, este estaba lleno de miel. Quiero decir, absolutamente lleno”, asegura mientras hace un gesto de exageración con sus manos. “Y mi padre me dijo, ‘Ahora, Arnie, vamos a tomar esta miel y se la lleváremos a tu madre a casa para que la prepare y la podamos comer. Pero vamos a traer antes dos libras y media de azúcar. Cuando saquemos la miel, vamos a poner el azúcar allí, para que las abejas puedan tener su comida también’. ¡Por Dios! Lo hicimos. Yo debía tener unos 7 u 8 años de edad”.
Como el hijo de un empleado del Latrobe Country Club, se suponía que el joven Arnold debía hacerse invisible en las instalaciones. Su padre, Deacon, era un profesional instructor, lo que le daba el nivel de un superintendente del campo. Un día en el ‘proshop’ –posiblemente el mejor día de la niñez de Arnie-, Pap enfrentó furiosamente a un miembro que estaba fastidiando a su hijo sin razón alguna, aunque generalmente, el joven solía apartarse de cualquier problema.
Su casa estaba cerca del ‘tee’ del hoyo 6. El día de la mujer, salía con un arma de salvoconducto amarrada a su cinturón y se inclinaba como un Paladín contra un árbol del jardín trasero y enfocaba la mira sobre una zanja a lo lejos. “Yo solía dispararle a sus bolas más allá de la zanja por cinco centavos”, reconoció en Oakmont. “Algunas de ellas pagaban con dificultad”. Ahora, sentado en su escritorio, se ríe al respecto. “Helen Fritz”, dice, “fue mi primera cliente. ‘Arnie’, dijo ella, ‘si le disparas a esta bola sobre la zanja, te daré un ‘nickel’”. Ese día, Palmer se convirtió en jugador profesional.

De un juego a todo un deporte
El impacto de Palmer en el golf, especialmente dentro de Estados Unidos, es gigantesco. Él fue el encargado de convertir en un juego lo que hasta ese momento era considerado un juego. En el mítico Primer ‘Foursome’ de América (Palmer, Bobby Jones, Dwight Eisenhower y Bob Hope), él es el conector principal y el capitán. “Ike no recibe tanto crédito como debería por eso”, asegura Palmer al respecto, aunque el Salón Mundial de la Fama del golf está tomando cartas en el asunto.
Palmer ha conocido muchos presidentes. Richard Nixon le pidió su opinión sobre la Guerra de Vietnam, a lo que el reconocido golfista respondió: “Hagas lo que hagas, no te rindas”. Sin embargo, Eisenhower era especial, era su amigo. El fin de semana del cumpleaños número 37 de Palmer, las esposas de ambos, Winnie y Mamie, se reunieron para animar a Eisenhower a viajar de Gettysburg a Latrobe para una visita sorpresa. Cuando sonó el timbre y Arnie abrió la puerta, se encontró al frente al 34° Presidente de Estados Unidos con una bolsa de dormir en sus manos. “No jugamos golf”, dice Palmer. “Él no podía jugar más. Simplemente charlamos. Él fue el más grande”.
En su oficina hay millones de fotografías, condecoraciones y recuerdos de su vida, desde un Cinturón Hickok (Premio al Atleta del Año) y una Urna Sportsman, hasta un bate de béisbol de Bill Mazeroski y una Medalla Presidencial de Libertad. Dos bolas descansan debajo de una vitrina. Era 1986, y se jugaba un evento senior en Washington. Palmer embocó un hoyo en 1 con su hierro 5, y en el mismo lugar, al día siguiente, repitió la hazaña. El tercer día del torneo, los medios de comunicación aparecieron ver a Palmer embocar otro hoyo en 1. Cuando la bola no rodó hasta la copa, todos aplaudieron hasta más no poder. El chico que antes no podía entrar al campo ahora era el dueño del campo, el dueño de la ciudad. Su cara está en el directorio telefónico y su nombre, en el aeropuerto.

Cuando el hoyo en 1 ocurrió por primera vez, Gary Player estaba en el grupo de adelante, esperando detrás del ‘green’. “Yo lo vi parado allá”, recuerda Arnold. “Quería pegar un buen tiro”. Gary, cuando vio la bola entrar, simplemente movió su cabeza. “Él siempre sabía compartir un momento de gloria”, comenta Palmer. “Propio o de otra persona. Eso es importante. Algunas veces en la vida, es bastante difícil encontrar a alguien dispuesto a compartir tus momentos de gloria”. Gary Player hacía eso, y por eso era su gran amigo. “Yo me he quedado en la casa de Arnold”, comenta Player. “Y él se ha quedado en la mía. Lo he tenido de visita en Suráfrica, y lo llevamos a una mina de oro. También conocí a su madre, era una dama hermosa. Y su padre, simplemente lo amaba. Era un tipo duro, es cierto, pero esa no era toda la historia”.
Doc Giffin, decano de los grandes escritores de golf, todavía se encuentra en el medio tras 43 años, trabajando de la mano de Palmer. En el vestier de caballeros de Latrobe, señala el cubículo que continúa cerrado luego de 33 años. La placa metálica reza “Milfred J. (Deacon) Palmer, Profesional de Golf – Superintendente del Campo, Latrobe Country Club, 1921-1976”.
En 1976, Bill Finigan, el major amigo de Doc, murió en un accidente de avión. Giffin y Finigan habían crecido juntos en Crafton, un suburbio de Pittsburgh. Luego del funeral de Finigan, Deacon Palmer alcanzó a Doc y le dijo que tomara vacaciones de inmediato en Bay Hill, Orlando (donde hoy en día se juega el celebre Arnold Palmer Invitational). “Deacon vino hacia mí y me dijo, ‘¿Puedo ir contigo?’ Yo estaba sorprendido, pero agradecido por la compañía. ‘Claro que sí’, le dije”.
En medio del vuelo, Deacon le dijo a Doc, “Has perdido tu mejor amigo. Trataré de ser tu mejor amigo de ahora en adelante”. Dos días después, en Florida, Deacon sufrió un infarto y murió. El día antes, Arnold había hecho 64 en el torneo de Bob Hope, en California, al otro lado de Estados Unidos. Arnold, por supuesto, se retiró del torneo. Deacon, su padre, le enseñó todo sobre respeto, integridad, buenos modales, simpatía, y cómo agarrar un palo de golf. Pero lo que mejor le enseñó fue que cuando uno saca miel de algún lado, debe poner un poco de azúcar de vuelta. Y eso, precisamente eso, es lo que Palmer ha hecho durante toda su vida.
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